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Taller de verano con niños de Santiago Tepalcatlalpan

Acción / Agosto 2015

A mi padre, quien me llevaba a aventarle piedras al río.

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Durante este año, y pensando en realizar un proyecto sobre memoria e imagen, he caminado sobre algunos de los ríos y canales ya desaparecidos en la Ciudad de México. Esta empresa, aparentemente sencilla, pero en realidad muy complicada en una ciudad tan caótica y violenta como la nuestra, me ha permitido conocer y articular ciertas acciones de colaboración con distintos grupos sociales, todas ellas con un enfoque distinto al que tenía planeado originalmente. En febrero participé, junto con vecinos de la unidad habitacional Miguel Lerdo de Tejada, en la colonia San Francisco Tetecala de Azcapotzalco, en el diseño y pintado de un gran mural dividido en dos partes, al que nombramos Jardín Tepaneca. De marzo a junio tuve el privilegio de desarrollar ‒en la Plaza de la Alhóndiga, que es por donde corría unos de los brazos de la Acequia real‒ el proyecto Seis comidas compartidas con un grupo de trabajadoras sexuales y jóvenes en situación de calle del Centro Histórico. Y en mayo uní, mediante una caminata de siete horas por la Calzada de la Viga, lo que en épocas pasadas estuvo comunicado mediante canales de agua navegables: Xochimilco, la gran hortaliza de la ciudad, y el zócalo capitalino, lugar donde se comercializaban todos los productos traídos de fuera.

La enseñanza que tuve a partir de estas colaboraciones, es que las circunstancias de estos grupos sociales se terminan por imponer ante lo que uno inicialmente considera realizable. Me acabé convirtiendo en una especie de medio para que ocurrieran ciertas conexiones entre personas, pero no se debe intentar controlarlas ni dirigirlas, pues pierden interés desde un punto de vista artístico y en todos los demás, como los personales, por ejemplo.

Geográficamente, estas acciones fueron proyectadas mirando hacia el Centro desde mi casa-estudio, incrustada muy al sur de la ciudad. Sin embargo, surgió un gran llamado cuando alguien me recordó que aún más al sur hay un pueblo llamado Santiago Tepalcatlalpan, que cuenta con uno de los pocos ríos a cielo abierto que quedan en la Ciudad de México 1.

Decidí visitar 2 el poblado y lo primero que me sorprendió de él fue encontrar algunos murales públicos realizados de manera grupal y muy lúdica por niños (se ven las manitas impresas con pintura). Lo segundo fue encontrar, en lo profundo del pueblo, un conjunto cultural público de dimensiones colosales y con una infraestructura considerable: cuarto oscuro, computadoras, librería, distintos salones de usos múltiples —uno con piso de madera y espejos para danza—, canchas deportivas de distintas índoles y un espacio inmenso al aire libre. En tercer lugar me sorprendió que este lugar estuviera semi abandonado. Nada, excepto por las canchas y alguno que otro espacio, está siendo aprovechado como se debería. El recién asignado coordinador del conjunto me explicó que esa es la situación desde hace mucho tiempo.

Continué con mi exploración de Santiago, caminando río arriba, hasta que una pared de piedra con una cascada me impidió continuar (el origen del río se encuentra probablemente en la zona de Topilejo, en, Tlalpan, según pude vislumbrar en Google Maps posteriormente). Lo que encontré no me sorprendió: el río está altamente contaminado por desechos sólidos y líquidos. Hay nubes gigantes de espuma flotando en cada pequeño estanque del caudal, como si se tratara del gran capuchino de Chalchiuhtlicue, diosa de los ríos. Muchos desagües de las casas ubicadas en la rivera tienen salida al afluente.

De vuelta en el pueblo platiqué con algunas personas que viven y trabajan ahí, quienes me comentaron que normalmente los niños de la comunidad son los más entusiastas en participar en acciones colectivas (como los murales que vi). Sin pensarlo dos veces llamé a mi compañera de batallas, Miss Baby Baby, y le propuse que invitáramos a los niños de la comunidad a generar un taller de verano de artes visuales, en el que ellos decidirían qué actividades se llevarían a cabo. Nos prestaron un salón para dicho fin en el Conjunto Cultural, pero desgraciadamente no contaban con ninguna otra posibilidad de apoyo. Manos a la obra, entonces.

A partir de la experiencia obtenida en las primeras acciones antes mencionadas en este texto, Miss Baby y yo decidimos que les propondríamos a los niños centrar el interés del taller en la relación que existe entre el entorno urbano del pueblo y su entorno natural, por ejemplo, y si esto les interesaba, el río. Nos surgían muchas preguntas, ¿Cómo reunir a un grupo infantil para participar en actividades relacionadas con el campo del arte? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Cómo se puede fomentar y desarrollar la colaboración dentro del grupo? ¿Cuáles son las posibles estrategias para colaborar y cuáles se realizan finalmente? ¿De qué forma se pueden llevar a cabo las acciones que se lograran consensar?

Los niños de Santiago, de entre nueve y doce años, fueron citados mediante carteles y volantes para presentarse el 27 de julio en el Conjunto Cultural Tepalcatlalpan y llegaron. No muchos, pero llegaron, y por suerte se mostraron entusiasmados ante nuestra propuesta de actuar en colectivo y decidimos a partir de conversaciones qué acciones se llevarían a cabo. La primera fue caminar por nuestro espacio, como el hombre lo ha hecho siempre. Caminando nos damos la oportunidad de aprender.

En la era de la mezquindad —como hace poco escribió un curador de arte en su Facebook— las lecciones de atención y generosidad son ejemplares; y con esta cita me estoy refiriendo a todo lo que hemos recibido de los niños a partir de que comenzó el taller en Santiago: una retribución invaluable en muchos y distintos niveles y formas. Es impresionante lo poco que conocemos los chilangos sobre la ciudad que habitamos y sobre las personas que la construyen día con día.

Los niños de Santiago saben explorar terrenos del pueblo, escalar cerros, seleccionar plantas y piedras, dibujarlas y también descifrar significados de imágenes (tanto de las pintas callejeras como de murales, por ejemplo, el de Ricardo Munguía que representa la historia de Santiago y que se encuentra en el Conjunto Cultural). Estos niños nos enseñan diario a Miss Baby y a mí la importancia de aprovechar los espacios que se encuentran en nuestro entorno urbano, sobre todo si son de carácter público. Los museos en nuestra ciudad y en otras partes deben operar sin censura, la justicia debe ser equitativa, el gobierno tiene que ofrecer la verdad sin dosificación ni duda, los conjuntos culturales deben de ser un espacio de encuentro y expresión libre para la comunidad que los alberga, y esto se puede a llevar a cabo cuando aprendamos a conocernos, como ciudadanos que compartimos un gran espacio y todo tipo de recursos. Cuando estemos dispuestos a dedicarle tiempo y esfuerzo a articularnos en grupos sociales de distintos tipos, cuando entendamos que cada colonia −por muy diferente que sea a la nuestra−, es una oportunidad de colaboración a partir de sus habitantes, podremos comenzar a hacer frente a la gran cantidad de aversiones que padecemos actualmente como sociedad.

Algo que quizás les hemos devuelto a los niños, es que han conocido mejor al río, pues la mayoría no lo conocían más allá de haberlo visto desde alguno de los puentes que lo cruzan. Ahora no sólo lo han retratado, sino que sus familiares les han platicado cómo era antes. José, el abuelo de Diego, le explicó que hace cuarenta años se metía al río a diario, a nadar con sus amigos, pues el agua que corría era limpia, de montaña, y se aventaban clavados desde la cascada hacia la poza. Gracias a esto invitamos a un grupo de personas de la tercera edad a que nos platicaran sus recuerdos sobre el pueblo de Santiago, lo que nos permitirá vincularnos históricamente con el entorno.

En una ciudad caótica y violenta como la nuestra, recorrerla libremente, pintar por común acuerdo sus áreas públicas, cocinar en sus plazas, conocernos entre vecinos y articular cierto tipo de acciones, por pequeñas que sean, nos permitirán imaginar cómo queremos que se configure el futuro de la misma. Quizás logremos proyectar una urbe que no considere a los ríos como tubos de drenaje ni a los edificios públicos como lugares muertos. Por suerte no somos los únicos que pensamos así.

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Texto publicado originalmente en La Ciudad de Frente, edición impresa y web. Gracias a Gabriela Jauregui por la invitación.

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